días

Los días de ausencia fueron muy Bolaño, la mayoría. Desde llegar, encuentros casuales -no causales, para despistar-, la lluvia, el caminar sin rumbo en la lluvia, el encuentro, los interrogatorios desordenados, las sonrisas escondidas, el no mirar para no encontrar, la cena con Piel Divina, el temblor en su edificio, despertar en su casa y escuchar su charla, no probar su café, oler los cigarros, buscar sin encontrar agua caliente, resignarse al sudor, dejarlo en su burbuja y partir hacia el destino principal. Mirar en los ojos del otro la inquietud, reiterar que ya no siento que la ciudad me trague, desear desesperadamente un café, caminar un poco para las especulaciones, tomar el camino antiturístico, llegar al Café Quito, verlo desde lejos y ver los otros ojos para descifrar la mirada, tal como se lo esperaba. Elegir mesa, contar historias, hablar sobre el mal servicio, para que por primera vez en la vida el servicio fuera express, más rápido que nunca, tanto que hasta la mesera (esa que seguro conoció a Belano, Lima y demás, pero que por pudor no interrogamos) hizo alusión a la rapidez, postergar la tarea, hablar, hablar, hablar, pensar secretamente en el ausente del café, reírse del de siempre, hablar, hablar, hablar... Seguir el camino encontrando rastros de B, rastros de él, de nosotros, de ella, de Argentina, un periódico que sirvió para hojear y terminar olvidando, inventar motivos y retribuciones, y dejar que el resto se fugara en caminata de palabras...

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