Jueguito blog-ero...
L me invitó a un juego que debo seguir, no lo pensé mucho, sólo al levantarme fue lo primero que escribí acompañada del primer café del día... La pregunta del juego fue: ¿Cómo sería tu mente si fuera una morada? No sé si entendí, pero acá está:
Mi morada sería roja. Todos los tonos rojizos la decorarían, desde el más intenso hasta el más apagado... El piso estaría lleno de minas de recuerdos, que ante el más mínimo estímulo explotarían, saturándolo todo de historias llenas de detalles, sensaciones, olores, pensamientos y diálogos casi textuales... La habitarían personajes ficticios, tomados de mi realidad o de libros que he hecho míos, que cada mañana se recordarían antes de abrir los ojos, y luego se reinventarían a lo largo del día... Todo sería de madera, el techo sería muy alto, los libreros estarían en los extremos y no medirían más de dos metros... Olería a café recién hecho casi todo el tiempo, por las tardes se combinaría una fragancia de canela y cítricos; en las noches frías todo sería chocolate... Habría diferentes tipos de lunas... Los adjetivos que siempre cabrían en ella serían: volátil, caótica, ojerosa, noctámbula, eufórica, literaria, melancólica, caleidoscópica... Tendría música, la mayor parte del tiempo, a todo volumen, dominarían las voces femeninas, intensas y agudas, de vez en vez se escucharía la voz masculina de algún interprete grave y aterciopelado; los sonidos serían eclécticos. Sin embargo, los silencios serían imprescindibles, esconderían susurros apenas perceptibles, que revelarían secretos y sueños... Siempre sería otoño...
Y para seguir con el juego/experimento, convoco a cinco personas que deberán escribir su respusta y luego incluir a otros cinco, a ver qué resulta... Los elegidos por Zeus bendito son:::

Comentarios
Los muros son blancos y de ladrillo antiguo; grandes ventanales, piso de duela (con tapetes mullidos en zonas estratégicas), muebles de madera, sillones cómodos, mesas para la lectura bien iluminadas… todo rodeado con un jardín pequeño pero con flora abundante.
Muchas paredes son prácticamente invisibles porque están tapizadas con libros y discos. En materia bibliográfica, las secciones son de música (biografías, ensayos, enciclopedias, antologías de reportajes y una amplia hemeroteca con colecciones bien surtidas de Mojo, Q —no la actual, sino la de hace 10 años—, Melody Maker, New Musical Express, Musician, Option, Jazziz, Downbeat y un infinito etcétera), ensayo, artes plásticas, poesía y narrativa. También hay una sala con suplementos y revistas literarias.
Doquiera hay cuadernos y hojas para escribir, dibujar y pintar, así como materiales de todo tipo (crayones, lápices, pinturas). No falta la máquina de escribir portátil Brother, donde pergeñé tantos textos.
Los discos están ordenados por géneros y todo mantiene orden alfabético. Habrá LPs y CDs de rock, jazz, música clásica y nostalgia; es decir, aquello que sonaba en la radio de AM cuando era pequeño y que escapa a las categorías. Nada de descargas, por favor. Toda la música tiene allí un estuche que posee un valor bien correspondido con el sonido.
La asimilación de lecturas y música es allí tan honda que hay oportunidad de charlar con autores, personajes, compositores… abundan más, de mi parte, las invitaciones a desayunar que a cenar.
Los recuerdos están albergados en habitaciones interconectadas. En ellas el orden es imposible e improbable, pero resulta sencillo localizar voces, imágenes, así como fotografías, objetos, juguetes, películas y demás artefactos que justifican el afán fetichista. No faltan los Kleenex. Hay límites: no tengo allí una réplica de la recámara que tuve a los doce años… se trata de asomarse a los recuerdos, no de vivir en ellos. Hay, por supuesto, habitaciones con acceso restringido y en el que yace el origen de las experiencias que dejan lecciones: fracasos, dolores, decisiones equivocadas…
Las ventanas y puertas dan a distintas estaciones del año y horas del día: en unas hay un permanente amanecer, en otras es siempre otoño, en aquéllas hay lluvia matutina, en otras un chipi-chipi de viernes por la tarde.
Hay una amplia área para beber café o un vino tinto, con reminiscencias a espacios entrañables (el cafecito cercano a Intoxica —una discotienda en Londres especializada en LPs—, un café en Coatepec, el Barracuda cuando tenía rocola con álbumes de The Style Council y Morrissey).
Existen espacios, desde luego, para transitar más allá de la morada: calles, parques y paisajes donde me he sentido pleno.
Es, quiero creer, una zona regida por la paz (lo que no excluye la música de John Zorn ni alguno que otro alucine, producido por sonidos, lecturas o por la experiencia amorosa).
http://comoseriatumente.blogspot.com/
Me gustaron sus moradas, qué bueno que decidieron seguir el juego =)
Pali:::
Pues sí, lero lero, te lo gané, pensé que tú lo convocarías antes jeje, pero te tardaste...
Esta va por ella...:::
Lo permito sí, de cualquier forma Renato ya había autorizado en mi representación....
PAZ
Saludos