La gente sana rehúye el trato con la gente enferma. Esta regla es aplicable a casi todo el mundo. Hans Reiter era una excepción. No les temía a los sanos ni tampoco a los enfermos. No se aburría nunca. Era servicial y tenía en alta estima la noción, esa noción tan vaga, tan maleable, tan desfigurada, de la amistad. Los enfermos, por lo demás, siempre son más interesantes que los sanos. Las palabras de los enfermos, incluso de aquellos que sólo son capaces de balbucear, siempre son más importantes que las palabras de los sanos. Por lo demás, toda persona sana es una futura persona enferma. La noción del tiempo, ah, la noción del tiempo de los enfermos, qué tesoro escondido en una cueva en el desierto. Los enfermos, por lo demás, muerden de verdad, mientras que las personas sanas hacen como que muerden, pero en realidad sólo mastican aire. Por lo demás, por lo demás, por lo demás.
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Curioso, ayer con L hablaba un poco de esto, es decir, implícitamente, yo estaba un tanto alterada por un post que dejaron en un bló de pacotilla, escrito por un tipejo pusilánime, que se refería a un lamentable suceso reciente, y lo de tipejo lo digo antes y después de leerlo. Hablaba del asco que me daban los protagonismos en situaciones así, del cinismo de las mentiras que giraban en torno a, y de que no había sido el primero ni el único en hacerse el importante/presente/preocupado cuando la realidad había sido otra. Creo que tal vez también denota un tanto la culpa o lo mucho que quieren [auto]justificarse por lo que hicieron o no, a quién quieren engañar con todo ese blablablá. La verdad ante los demás a fin de cuentas no importa, de todos modos siempre nos creemos lo que queremos sea verosímil o no, en este caso, y tal vez siempre, cada quién hizo lo que pudo/quiso/debió/sintió pero aun así da náuseas que pulule gente así, no hay otra palabra mejor, tan pendeja. Y entonces cuando leí esto, me acordé un poco...
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