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El domingo al pasar por los Sapos y notar que una mueblería había desaparecido y en su lugar estaba un local de burritos, alguien me dijo algo así como que no le gustaba que los lugares cambiaran. Curiosamente podemos pasar de largo sin fijarnos en los lugares, pero sabemos que están ahí, con algún recuerdo guardado, con anclas, pero cuando algo mínimo se mueve, se va, lo notamos de inmediato. Los lugares también guardan personas, o viceversa; cuando los lugares guardan personas, uno piensa que siempre van a estar ahí, y como con los lugares sucede, uno se pasa de largo sin ponerse a pensar en las personas. Como la mujer que preparaba la comida en el Italian de la catedral, un buen día ya no estaba, noté que había algo diferente, pero no sabía qué, y cuando pusieron su altar el día de muertos con su foto, ahí fue cuando tuvo sentido. Eso estaba en mi mente cuando ayer me enteré de que Don Fausto había muerto el domingo, me quedé pasmada, ya no habrá quien amorosamente le dé de beber al Yoloxóchitl, ni llene de plantas y flores el lugar, ni quién reafrime que cada vez hay más maleantes que adultos en el COLLHI, no habrá a quién gritarle cuando las llaves desaparezcan, ni con quien platicar casualmente de cualquier cosa, ni una cara familiar a la cual saludar porque el lugar está cada vez más lleno de desconocidos. Muy triste. Una pena.

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