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Visita express, café obligado en primer lugar, exquisito y ácrono... Luego buscar lo inlocalizable y encontrarlo en el primer lugar que entré, regresar al metro, ahí me sentí en un happening, transbordé y pasé por las mismas estaciones varias veces, siempre lleno y tardándose más de lo normal, aquí, allá, blá; un señor me acarició la mano izquierda muy cortazarianamente, yo sentí que mi mano había sido un poco menos que profanada, cinco segundos y pensé en cachetearlo o darle un manazo -muy ad hoc-, pero era eso o caerme, segundos después me alejé del lugar de la escena, ya tenía que bajar. Perdida en túneles de guardaequipajes, vueltas aquí no, allá, allá no, mejor enfrente. Y en El Estanquillo mi emoción se centró en la terraza:
Más trajín, caminar sin sentir los pies, té frapé de mango, más detectives salvajes, T, regresar al principio, pasar por segunda vez por el maldito túnel de la ciencia -¿he dicho cuánto lo odio?-, caótico viernes de quincena, y al recordar la colección de Monsi se pusieron en mis ojos, evité flash para no causar molestias -nótense las dicotomías-:
Fin

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