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Hoy regreso a ese lugar, mi única prisa es que el servicio de fotocopiado esté disponible, fuera de eso puedo prolongar mi estancia todo lo que quiera mientras más tarde regrese, mejor. Es preciso caminar rápido, esquivar personas, evitar mirar sus caras, sus ojos, huir de cualquier reconocimiento, rechazar publicidad, sólo mirar el cielo con sus nubes gordas y blancas junto a las grises dispersas. Llego a tiempo, no sé por qué a veces me obsesiona tanto la idea de llegar puntual cuando no hay hora de llegada; ahora sé que en las tardes está el personal amable, cálido y platicador. El señor de las fotocopias, un amor, mejor toner, mejor cara, mejores copias. En la sección de revistas hay libreros metálicos y amarillos, como en la Rosa Gloria Chagoyán, o que es lo mismo la Juan Rulfo, lugar que ahora extraño a pesar de que 1) al principio me daba claustrofobia, no paraba de entrar y salir, y 2) al final me indigné por hacer 46 horas más de servicio. Creo que extraño más a la gente que a los libreros amarillos, la computadora lenta y los fétidos olores del "entorno" previo. Extraño el collhi y sus viejos tiempos, ahora si me paro por ahí están los extraños y los futuros grandes escritores que el mundo espera vegetando entorno al Yoloxóchitl.
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Hay una feria del libro viejo escondida entre los puestos ambulantes y la calle de los controles remotos, paralela a la calle de las lámparas, donde me reciben Renato Leduc y Maupassant, Hoffmann y la bonita edición de un cuento que no he leído -por segundos me transporto a una aburrida fiesta de cumpleaños que fue salvada por El Cascanueces y la princesa Pirlipat-, buen preludio para encontrar a lo que quiero creer me llamó a entrar, Anapoyesis -uno de mis cuentos favoritos en la vida- en su Camera Lucida, primera edición del año previo a mi nacimiento, numerada con el 2513; luego ensayos de un Nobel recomendado por Harvard en clase y poesía de un zacatecano admirable. Me pregunto por qué ya no numeran los libros como antes, creo que es un detalle precioso, tener el ejemplar 406 de 3300, o el 2999 de 3000, claro que un libro siempre va a ser único y distinto a todos, porque es tuyo o era de él, porque lo compraste en una barata, porque te lo regalaron, porque llevabas años buscándolo, porque tiene tus garabatos, porque la primera vez que lo tuviste en tus manos estabas con lo innombrable, porque llegó luego de una pésima noche, porque tiene dos veces el capítulo 5, porque lo compraste en el metro con tus últimos 20 pesos, porque cuando crees que vas a llegar al fin aparece otra vez el principio; creo que ahora sólo en ediciones muy muy especiales lo hacen. Mal.
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Ya en mi infrenable caminata y compulsión consumidora me echo a la bolsa El libro de la vida de Teresa de Jesús, cosa extraña, ja, igual es el primer paso para tomarme en serio eso que dije en Irapuato una tarde de flautas y deliciosas margaritas: me voy a un claustro. La vida de George Sand se me deshace en las manos, Onetti, blablá...
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¿Qué tanto daño puede hacer el segundo expreso doble del día?
No mucho.
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Paso por un café que tenía perdido desde hace tiempo, el viernes lo vi pero no me di cuenta de que era ese mismo el perdido, ahora recordaré que está en Bolivar. Sigo rehusándome a mirar a quien pasa, quizá sea la forma de no mirarme.
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Me gusta cómo suena: "Próxima estación, Revolución".
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Me acuerdo del solitario y de Porgy and Bess.
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Otra vez me siento en Control.
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Empiezo a desenvolver los libros en el camión, micro, ruta o como le llamen aquí o allá; observo de reojo a los que suben, todos se parecen a alguien que conozco, al vecino viudo, a la directora de la secundaria, a alguien que sale en la tele, a don Cuco; sólo uno me llama más la atención, un viejito ciego como un topo, flaco como el Quijote, narizón como mi abuelo, con calcetines verde olivo, gorrito de Gilligan, traje sastre gris y un bastón de madera que parece muy débil. Apenas arranca el chofer y empieza a llover, el viejito se angustia mucho, no sé si es por la lluvia o porque el conductor es un cafre que se pasa los altos y se les cierra a cualquiera que interfiera con sus caprichos al volante. La lluvia disminuye, también sus ansias, el bastón le sirve para muchas cosas: enderezarse, recargar en su cabeza y cerrar los ojos, detenerse en las vueltas, pegarle al chofer en la pierna para que no vaya tan rápido. Luego de sentir varias veces una mirada, me descubre detrás de un libro, y me regala una larga sonrisa acompañada con unos ojotes tristes…
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Llego al edificio cuando la lluvia reaparece. Justo a tiempo para sentarme en la ventana a ver llover, acompañada del perro vecino que todas las tardes, con medio cuerpo al aire, es dueño y señor de la calle. Un día debo fotografiarlo.

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