Ayer volví a ver a la viejita que recita poesía en la línea azul, se subió en la misma estación que la vez pasada, lo bueno fue que ahora recitó un poema corto, otra vez de Amado Nervo, entonces sí me dio tiempo de darle las monedas que traía en la bolsa, y de inmediato empezó a anunciarles a todos gritando, que dios y la virgencita santa me lo iban a pagar... Yo sólo pensé: mejor que me lo multipliquen... Y hoy caminaba por donde están los traficantes de sushi y me encontré 100 pesitos tirados, ahí solos abandonados sin que nadie los viera...
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