Cuasi-espontánea caminata recomendada. Más espontáneo aún, seguir hasta llegar a una nueva librería -que había estado evitando por decencia, por el bien de la economía familiar-, policías amables a la entrada, espaciosa, iluminada, no muy grande pero tampoco pequeñita, tamaño justo...
No sabía por dónde empezar, decidí ir a ver qué había al fondo, justo en ese momento dos ojos verdes me abordaron preguntándome si buscaba algo en especial, pensé en contestarle algo que no entra dentro del protocolo vendedor-cliente pero me reprimí, no lo dije, aún así no pude disimular la risa que me causó mi pensamiento, así que sonriendo le dije que nada, gracias, iba simplemente a ver qué encontraba, luego vino el típico: de cualquier forma, cualquier cosa, estoy para servirte...
Estuve por ahí husmeando, viendo nombres y títulos, me daba mucha curiosidad qué quieren venderle a los queretanos, qué selectos autores estaban a la venta; el lugar estaba lleno, gente entrando, saliendo, y como pude, me acerqué a una viejita que estaba por ahí para ver qué buscaba o compraba. Los ojos verdes fueron y le preguntaron lo mismo que a mí, la mujer de pelo cano y chino le dijo que estaba buscando Memorias de mis muchachas tristes, del colombiano aquél, cómo se llamaaa, Ojos verdes le dijo que probablemente era García Márquez y que tenía uno suyo que se llamaba Memorias de mis putas tristes, que tal vez a ese le podría interesar -eufémicos ojos verdes-, exaltada la mujer respondió alzando la voz, sí es ese Memorias de mis MUCHACHAS tristes, para luego agregar en voz baja y reprensiva: ya sé que no se llama así. Ojos verdes buscó una mirada para tener con quién reirse, yo me reí con él. La viejita se fue a la caja y pagó.
Mientras, yo seguía viendo si estaban mis imprescindibles en los estantes, a ojos verdes le hablaban de todos lados: quién es el autor de Madame Bovary, sabes cómo se escribe Chopenjagüer, tenemos el del Ferrari, blabla... Lo cual me hizo asumir que Ojos verdes era el que sabía de literatura o por lo menos de títulos y nombres, cosa que después comprobé al preguntarle a uno que estaba en una computadora por El signo y el garabato, el gara...qué, obtuve como primera respuesta, bah, de todos modos no estaba. Entonces me fui a la pauperrima, pero no tan perdida, sección de poesía, me puse a leer la traducción de "L'Adieu" de Apollinaire en la edición de Cátedra, la cual me convenció más que la de Hiperión, aunque no me dejó contenta, y me puse a pensar en las traducciones y todo mi choro mental al respecto, cuando de pronto, me encontré con la antología del Fondo de Bonifaz Nuño, sólo la había hojeado en casa de Alvi porque no lo había encontrado en librerías. Eso no fue fortuito, así que no lo pensé y me fui a formar a la caja -donde estaban atendiendo unos fulanos leeeeentos como ellos solos-, tenía que llevarmelo ya y no ver nada más, porque era mi primera visita y no quería nada de frustración. Los de adelante y los de atrás traían todo tipo de libros: el último de Fernando Savater, Memorias de una Geisha, Capote -con el genial Philip Seymour Hoffman en la portada-, Seda, uno de meditación, el de Gaby Vargas y Jordi Rosado -cómo se atreven, me repito cada vez que lo veo-, entre otros que ya no alcancé a ver. Llegué a la conclusión de que había de todo para todos, cosas buenas, best sellers, porquerías, joyas, buena variedad, esperemos que se quedé así, que no se les ocurra sólo tener lo que se vende al por mayor.
Y bueno, Ojos verdes seguía ahí, detrás de su gran nariz y cabello despeinado, de aquí para allá, respondiendo y preguntando...
Ya regresaré pronto, en la quincena.

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