Hace una semana estuve en el lugar de los gatos, era pertinente por varias razones: mi estado de ánimo, lo que estaba pasando y no sabía qué era, lo que pensaba, y Rodin... Ya no me acuerdo cuándo fue la primera vez que fui a ese lugar, lo que sí, es que siempre he disfrutado mucho el sentarme ahí, ver a los gatos arrabaleros, a la gente pasar, estar en esa tranquilidad sabiéndome en el centro de un pequeño caos... Esta vez no salieron los gatos a saludar o a pedir comida chillando, extrañé ver al pequeño Pánfilo, a quien, por cierto, no le gusta el pan de El Globo -siendo más específica, esos deliciosos rollitos de queso con ajonjolí- a Florentina, su madre, a los bebés: Rufino, Lorenzo y Macaria, entre otros tantos gatos que viven en ese lugar y gozan pavonearse entre los pies de la gente. Las piezas de Rodin ya las había visto, hace no más de dos años, estas piezas y otras de la colección estuvieron en el Museo Regional de Querétaro, aquella vez me enteré porque caminaba en el centro con Luis, amigo de la prepa y un artista talentosísimo, decidimos entrar y nos perdimos observando las esculturas. Debo confesar que no soy una conocedora de la escultura, a decir verdad, creo que no sé nada, pero no por eso me dejó de gustar y provocar mucho, además contaba con los comentarios ilustrativos de Luis, quien en ese momento estudiaba Artes... Recuerdo que aquella vez quedé pasmada ante La catedral -pieza que no llegó al DF y ¡ah cómo me gusta!-, también me intrigó la verdad detrás de El beso, ¿será cierto que Claudel es la verdadera autora y no Rodin?, y, al igual que esta última vez, me enamoré de El Gran Vals de Claudel... (aquí entran todos los sentimientos/sensaciones/percepciones que son i.n.e.f.a.b.l.e.s.) Lo increíble, es que el sábado regresé, a otra hora, con otros ojos, con otra cara, volví a hacer el recorrido y me llené de otras perspectivas, me vi reflejada en La cabeza de Pierre Weissant, y,
nada...

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