Uno
Éste es el cuento que leí en mi debut y despedida. La verdad es que me divertí mucho escribiéndolo, tres horas antes de leerlo, tal vez eso minimiza lo malo.
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Anuar, era un niño gordo y no muy alto, para su edad. Sus cachetes eran tan abultados, que sus ojos, pequeños de por sí, apenas despedían un brillo; pero como los cachetes le iban creciendo cada vez más, el brillo iba disminuyendo. Compensaba su falta de gracia con su sonrisa, era grande y cálida, con unos dientes de conejo que se asomaban cada vez que se carcajeaba. A pesar de estar en la primaria, ya cargaba con una gran joroba, que lo hacía más deforme aún; por esto en la escuela se la pasaban molestándolo, le quitaban el lunch, y cada que podían lo atacaban; él, torpe per natura, no se defendía y menos pensaba en darle solución a sus problemas, vivía resignado, esperando a cada momento las vacaciones -aunque acabaran de pasar- en las que nadie lo molestaba, y pasaba el día jugando y comiendo dulces de chamoy. Académicamente no le iba nada bien, sus padres ya no sabían qué hacer lo intentaron todo, pero sin éxito. Su mamá, se consolaba diciendo cada que podía: ¡Pobrecitoo! pero ¡aay es tan tierno!.
El único amigo de Anuar, era Betito, su antítesis: delgado, inteligente y por demás simpático. Nadie entendía porqué ésos dos eran amigos; tal vez se complementaban, decían unos; otros afirmaban que Betito era tan bueno que lo hacía por lástima. Seguramente era porque los dos vivían a dos casas, muy cerca de la Presa de su pequeña ciudad, Cuévano. Pasaban largos ratos platicando de las cosas que se imaginaban y lo que descubrían, se recostaban en la banqueta boca arriba, perdiéndose mirando el cielo. Les gustaba formar figuras con las nubes, descomponerlas, inventar criaturas nuevas. Después se iban al jardín que estaba junto a la Presa, el jardín estaba lleno de azucenas rosas, de árboles –que para ellos eran enormes-, todo era verde y limpio. Ahí se inventaban todo tipo de juegos, y cuando se aburrían, se escapaban a la Presa, con mucho cuidado, pues sólo tenían permiso para estar en el jardín; los escapes, por eso eran más emocionantes, cuando olvidaban la emoción de haber desobedecido –pues cuando lo lograban se reían como tontos mucho tiempo-, bajaban a la orilla a esperar a los patos, lanzaban piedritas, o jugaban a los piratas. Anuar pensaba que ésa era la vida, jugar, nada lo hacía más feliz, ni siquiera cuando su mamá le preparaba su comida favorita, las albóndigas, era tan feliz. Así se les iba la tarde. Cuando Betito regresaba a casa, merendaba y veía un rato la tele, a esa hora pasaban La Liga de la Justicia, ponía mucha atención para al otro día contárselo a su amigo regordete, pues, aquél cuando regresaba a su casa, comenzaba a sufrir porque no quería ni podía hacer la tarea, no entendía cómo Betito siempre tenía tiempo de hacerla el mismo día, antes de salir de clases. A veces, llegaba a odiar a su amigo, lo maldecía y decía que era un cochino tramposo, barbero con la maestra y con todos, pues todo mundo lo quería; luego de hacer berrinche y retorcerse de la envidia, lo pensaba bien y decidía que no era culpa de Betito, sino de sus papás por hacerlo así.
Cuando se acercaba el fin de tercero, Betito había exentado todos los exámenes, en cambio, Anuar, peligraba con reprobar el año, así que su mamá y su tía Socorrito –la solterona-, le ayudaron a estudiar una semana antes, todas las tardes. Entonces los amigos se dejaron de ver por las tardes, el exento, jugaba con su computadora nueva, mientras que el otro, pataleaba en el piso porque no entendía por qué se tenía que aprender la tabla del 2. Lo que no sabían Anuar y su mamá, era que no podían reprobarlo, pues el director se lo prohibía a la maestra, entonces pasara o no, iba a estar en cuarto con la maestra Chela. Cuando la tía Socorrito se enteró de que “el Cachetitos de oro”, como solía decirle a su sobrino, había pasado con siete, no seis, ¡SIETE! Decidió premiarlo comprándole un Nintendo 64. “el Cachetitos” estaba más que feliz, y como ya no quería saber nada de la primaria, decidió enajenarse con su nuevo videojuego, durante todo el día, todas las vacaciones.
Por más que Betito le rogaba ir a la Presa o al jardín, Anuar se negaba diciendo que tenía que terminar el primer mundo de Mario Bros., porque sino, iba a perder todo lo que ya había avanzado. Lo curioso es que llevaba tres semanas, intentando pasar el primer mundo. Mientras Betito estaba al lado de Anuar viendo como repetitivamente aparecía GAME OVER en la pantalla, comenzó a desesperarse y pensó que en todas las vacaciones no iría a la Presa con su querido amigo, pero luego se le ocurrió ayudarle para que pasara. Así que, cada que se acercaba algo que hiciera peligrar la vida virtual de Anuar, es decir cuando hacía brincar al personaje y también movía el control, como si esto ayudara a que brincara mejor Mario, Betito le quitaba el control y lo sacaba de peligro, así se la llevaron hasta que llegó la última prueba para pasar al segundo mundo, aquél, estaba más que emocionado y sorprendido por todas las cosas que había después de lo que el conocía. Obviamente, Betito mató al malo y le regresó de inmediato el control, haciendo que Anuar festejara y bailara con su fofa humanidad. Betito estaba muerto de la risa, viendo a Anuar tan contento, pero más risa le daba pensar que él era quien había ganado en realidad, no era algo difícil para él, pues su primo Julio tenía uno y todos los domingos jugaban Nintendo.
Después del baile y de pedirle permiso a su mamá, se fueron corriendo a la Presa, jugando a que eran coches de carrera, haciendo rruuuu rrrrrrruuuuu rruruuuuuuu y viendo quién llegaba primero. Evidentemente, ya sabemos quién ganó. Jugaron ahí el resto del día, y así pasaron las vacaciones, pues Anuar decidió que el Nintendo sólo iba a atrofiarle el cerebro, eso había dicho su papá, y él no quería quedar tarado, de ninguna manera iba a permitirlo. El último viernes de vacaciones, cuando recorrían el jardín por afuera en sus bicicletas, vieron un camión grandote, que parecía de mudanzas; se detuvo frente a la casa verde, que estaba justo enfrente del jardín, esa que llevaba mucho tiempo abandonada. Curiosos, dejaron sus bicicletas aventadas y corrieron al interior del jardín, desde ahí, se asomaron por la reja a ver lo que sucedía fuera de la casa. Y no pasaba nada, al poco tiempo, llegó una camioneta negra, de la cual bajaron un viejito, una señora muy joven, una niña, y un perro grande y blanco. Cuando vieron a la niña, los dos se voltearon a ver con los ojos y la boca abierta, luego se rieron de sus caras, y siguieron viendo qué pasaba.
Ahí estuvieron mucho tiempo, viendo cómo los señores que venían en el camión, bajaban muchas: un piano, un refri, una sala, camas, sillas, cajas enormes... Lo que en realidad estaban esperando, era ver otra vez a la niña, pues luego de bajarse de la camioneta, había entrado a la casa con el perro y no había salido más. La niña se llamaba Daniela, pero siempre le decían Dani, entonces ése era más su nombre, ella sentía que era Dani y no Daniela, un día pensó que cuando fuera grande se iba a cambiar el nombre por Dani, pues odiaba que en la escuela, los maestros nuevos al principio la llamaran Daniela. Era una niña llenita y pecosa, con los ojos un poco rasgados, su cabeza era muy grande, pero se disimulaba con su largo y negro cabello, que siempre llevaba suelto y despeinado. Betito y Anuar estuvieron esperando y esperando, hasta que llegó la hora de comer y sus mamás los llamaron; ése día iban a comer juntos en la terraza de casa de Betito, pues era su último día lleno de juegos, luego de comer, les prometieron llevarlos al cine y a comer helado. Betito se olvidó de la niña, y se puso en qué película podrían ver; por el contrario, Anuar se puso a pensar en la niña y a inventar su historia. El sábado y domingo, ambos estuvieron fuera de la ciudad.
El lunes por la mañana, se vieron de lejos en la escuela, los dos llegaron tarde y apenas los dejaron pasar. Se llevaron una sorpresa muy grande cuando se dieron cuenta de que los habían separado. Betito estaba en el A y Anuar en el B, el cambio no le afectaba tanto al primero, pues siempre se había llevado bien con todos los niños aunque no fueran de su grupo, él tenía amigos en todos lados. En cambio, el otro, se sintió muy mal y angustiado, pues en ése grupo estaban concentrados todos los niños que lo molestaban y le hacían burla; lo único agradable fue que la niña de la casa verde, estaba en su grupo, sentada hasta adelante, sin hablar ni ver a nadie, atenta a lo que decía la maestra Chela. Las horas antes del recreo fueron eternas, estuvieron repasando las tablas, repitiéndolas como pericos, luego, llegó el momento esperado por todos, el recreo. Sonó la campana y salieron disparados al patio. Dani, se quedó sentada en su banca, y lentamente sacó una bolsa de papel de su mochila, Anuar se quedó observándola. Ella cuando se percató de que la estaban viendo se apenó y le sonrió, salió del salón corriendo. El observador se quedó en las nubes, pues era una niña muy bonita, además era la única de la escuela que le había sonreído en su vida, todas lo tachaban de gordo, cochino y pedorro. En el momento en el que Anuar volaba, entró Betito inundándolo con preguntas sobre la maestra Chela, los compañeros, y sobre la niña de la casa verde, pues ya le había llegado el chisme de que había una niña nueva en la escuela. Sólo le contó que se llamaba Dani, que venía de Guadalajara, que no tenía papá y ya. Betito quería de-ta-lles, pero Anuar no pudo decir más, pues se puso a comer su torta de huevo con ejotes, que tanto le gustaba y que cuando la comía no permitía que nadie lo interrumpiera.
La primera semana para Anuar fue muy corta, ahora no podía esperar para ir a la escuela y ver a Dani, aunque no se atrevía a hablar con ella, sólo la contemplaba cada que podía; en las tardes ya no salía a jugar con Betito, pues se dedicaba por completo a hacer la tarea, y así, cuando al otro día la maestra se la pidiera, fuera el primero y el mejor de la clase, tal vez así, algún día, Dani le haría caso. Ésa semana, el amigo del enamorado, se la pasó rogándole a su amigo que salieran, pero no pudo conseguir nada, entonces ésa semana se quedó en su casa matando el tiempo. La siguiente semana, fue igual, entonces algunos días, fue solo al jardín a jugar con sus camiones amarillos de construcción, o con sus canicas multicolores. El jueves, mientras veía cómo las copas de los árboles se balanceaban y pensaba qué podía construir ésa tarde, un ruido no muy lejos de ahí, lo sacó de su concentración. Detrás de los árboles descubrió a Dani, sentada en una banca, vestida con una falda larga rosa, una blusa tejida y unos zapatos blancos, impecables. Después de ver a su alrededor y balancear los pies un rato, Dani sacó de una mochila roja un libro; Betito alcanzo a ver que la portada decía Mafalda, la niña veía fascinada sus comics y reía de vez en cuando. La fascinación le duró poco al observador, pues inevitablemente se aburrió de ver a una niña leyendo y balanceando los pies, así que regresó a donde estaba antes y se puso a construir un edificio con piedras. Cuando estaba a punto de terminar su edificio, se sintió observado, volteó a todas partes, pero no lograba ver a alguien, indiferente ante su sensación, continuó su labor. Cuando terminó su edificio, pensó en irse a su casa y ver caricaturas, Dani salió detrás de un árbol y lo saludó. Se presentaron, como dos niños muy educados, luego, se pusieron a platicar de la escuela y de caricaturas. Se les hizo de noche y ambos se fueron a casa, pero acordaron verse al otro día por la tarde para jugar a algo divertido.
Anuar y Betito no jugaban ni platicaban desde el primer día de clases, por más que el segundo buscaba a su amigo en los recreos, el otro se negaba y se escondía en el salón a hacer dibujos en las últimas hojas de su cuaderno. Betito se sentía muy raro, extrañaba a Anuar, pero no se imaginaba qué podría estar pasando, pensó que tal vez estaba aburrido de él y que un tiempo después, todo volvería a la normalidad. Mientras Betito se preocupaba por Anuar, éste se preocupaba por cómo actuar frente a Dani, en realidad nunca había hablado con ella, no podía, no se atrevía, cuando iba a hablarle algo fatal sucedía: se tropezaba, alguien le pegaba, la maestra le decía que se sentara, o, Dani salía corriendo al patio.
Poco a poco, a Betito se le fue olvidando Anuar, le daba tristeza pensar en su amigo, pero ya no lo extrañaba tanto para jugar, pues había encontrado a Dani, a partir del día que quedaron de verse, jugaban todos los días, sacaban a pasear a Puki, el perro de su amiga, iban a comprar helados, los fines de semana iban a nadar o Dani iba con Betito a casa de sus abuelos; se volvieron inseparables. Anuar, en cambio, encerrado todo el tiempo en su casa, batallaba con las tareas, e ideaba el plan perfecto para acercarse a su amada, ella se había convertido en alguien muy importante en su vida, pues nadie le había sonreído así, como aquél día; nadie lo saludaba por las mañanas, solamente ella, es más, seguía saludándolo a pesar de que él, no podía contestarle porque se le trababa la lengua y no era capaz de terminar un “hola”, generalmente se quedaba en “ho” o en el suspiro.
Como Anuar ya no salía, y su tía Socorrito le llevaba cada dos días una caja de chocolates, empezó a engordar, su madre comenzó a notarlo cuando los pantalones ya no le quedaban, entonces lo llevó al doctor y lo puso a dieta. Luego de esto, advirtió que su hijo ya no jugaba más con Betito, y comenzó a investigar qué era lo que había pasado, porque si le habían hecho algo malo a su hijo, se las iban a ver con ella. Luego de su exhaustiva investigación, concluyó que su hijo era el que se había retraído de todo, pensó que tal vez un cambio le haría bien. Anuar se resignó a comerse las verduras y cosas nutritivas que le servía su mamá, sin embargo, la tía Socorrito, siempre tan buena le daba los chocolates a escondidas, entonces cuando le daba hambre se empachaba con chocolates. Después de estar todo el año escolar pensando cómo acercarse a Dani, se le ocurrió una gran idea mientras comía chocolates escondido en su closet: la próxima vez que tía Socorrito le diera una caja de chocolates la iba a guardar para dársela a Dani y, después, pedirle que fuera su novia, indudablemente ella no podría negarse ante la gran caja de chocolates, él sabía que las mujeres no podían resistirse ante los chocolates, por lo menos así era en las telenovelas y películas que veía su mamá. Anuar, recibió la esperada caja de chocolates el jueves por la tarde, ya estaba desesperado, pues era la última semana, ésa noche no pudo dormir bien. Por fin llegó el viernes y se levantó muy temprano para estar en el salón esperando a Dani. Para su mala suerte, la niña llegó tarde, no pudo hablar con ella, pues se pusieron a hacer el último examen de Matemáticas. Éste año, por decisión del Director no iba a haber exentos, así que Betito tuvo que ir ésa semana a clases y sacarse 10 en todos los finales. A la hora que sonó la campana, Anuar se levantó de su asiento y fue rápidamente al lugar de Dani, extendió la mano y le dio la caja de chocolates sonriendo, ella lo observó con ternura y le dijo: “Gracias Anuar, eres tan buena onda como me ha contado Betito”. Anuar no pudo evitar abrir la boca, pues estaba entre emocionado y sorprendido, y en eso, llegó Betito, saludó a su viejo amigo, con una palmada en la espalda y le dijo a Dani: “Ya llegó tu mamá, nos va a llevar a comer hamburguesas, ¡vámonos Dani!”. La niña brincó de emoción, y antes de salir disparada del salón, le agradeció de nuevo a su admirador por el detalle.
Anuar se quedó pasmado, no sabía qué hacer, ni qué pensar. Salió del salón, y se dirigió a la puerta a esperar a su mamá. Ella estaba afuera esperándolo tocando el claxon como loca, subió al coche y azotó la puerta; en el camino a su casa, le avisó que a su papá lo habían cambiado de trabajo, que se iban esa tarde a León, y que sus cosas las había empacado en la mañana, no debía preocuparse por nada, le aseguró. Cuando llegaron a su casa, el camión de mudanzas estaba ahí, los trabajadores subían cajas y muebles. El papá de Anuar los alcanzaría en su futura casa; comieron espagueti y albóndigas. Se puso a ver la tele mientras terminaban de subir todo. Cuando Anuar subió al coche, alcanzó ver a lo lejos a Dani y a Betito echándole algo –seguramente migajas- a los patos.
FIN
Comentarios
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Gracias por seguir publicando la palabra.
pd. y, no es por joder, pero los links siguen mal.
(allá también ha llovido? acá fantástico, y urge que vayas a REM y te robes E-bow the letter, del new adventures...