14.10.12
































Se suponía que esto lo iba a publicar el año pasado; en noviembre, para ser exacta. Todo y nada pasó y fui postergándolo hasta que lo abandoné por completo... Ahora viene un poco al caso porque no hace mucho platicaba con D y le contaba de lo maravilloso que fue ver a Kevin en vivo, igual le dije mucho de lo que decía mi crónica, pero como no la leyó no fui repetitiva... También viene al caso porque justo un día después de mi cumpleaños regresa al Lunario y por si eso no fuera suficiente, viene con Liniers. Y justo el otro día, no sé por qué, me puse a rastrear mi gusto por Liniers y después de varios clavados memorísticos, recordé que todo había comenzado por la referencia que un fantasmagórico bloguero. Entonces regresé a la nostalgia del blog, me puse a releerme, reconocerme y me di cuenta de que ya no tomo fotos como antes ni divago para mí misma como antes. Ya no sé si funciona como un mecanismo de evasión para mí o para los demás, jamás se sabrá... Mientras tanto, sigo con Kevin Johansen, resulta que este año también iré por trabajo y por placer, así que estará muuy bien. Siempre que me toca cubrir algo que me gusta mucho lo vivo diferente, sí, estoy haciendo notas a cada rato y mirando alrededor, es muy difícil bailar, brincotear, cantar, tomar fotos y notas al mismo tiempo, pero es otra forma de disfrutar porque de cierta forma saldrá algo más o menos productivo de ello, y maravillosamente la combinación me dará para pagar la renta... Así que aprovecho este insomnio para por fin sacarlo de los borradores y poner las fotos y parte de la divagación pasada.


Kevin Johansen llegó a mis oídos gracias a V, a.k.a. el amigo gay que no es gay. Fue hace unos cuantos años, un día que yo llegaba de Puebla al DF y que toda la hostilidad que a veces puede guardar la ciudad me había alterado al punto de la neurosis. Le conté a V todo lo que me había pasado y él, tan calmado y relajado como pocas veces, me dijo que me sentara en la puerta de su viejo departamento, aquél que era el número siete en la gris y antigua vecindad, a tomar el sol y escuchara un disco que iba a ponerme. Entonces conocí City Zen, que además de hacerme sonreír, una que otra vez, me alivianó el humor. Evidentemente, no quiso prestarme su disco y no me lo pude llevar para copiarlo,  así que lo olvidé un rato hasta que tiempo después, volví a llegar medio mal a su casa, pero esta vez con computadora. Fue entonces que pude copiarlo. Desde entonces Johansen se ha convertido en una especie de catalizador de humores, así como tiene canciones con tanta alegría, con otras también es buena compañía para tanta nostalgia.... Mientras más lo escucho, lo nuevo y lo viejo, más encantadoramente ecléctico lo encuentro, más entrañable se vuelve. Larga vida a Johansen + The Nada.


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