see, the luck i've had can make a good man turn bad

Hace dos horas este post hubiese sido el más azotado del universo. Parece que ahora sólo será anécdota, a pesar de que le sigo dando pocas de vueltas al asunto, con muchos hubieras entramados. Resulta que hoy, según había decidido, estaría de regreso en Pue. No he pasado tantos días en DF, pero ya me va haciendo falta mi cama, que en realidad es sólo sinónimo de que me hace falta mi espacio, mis olores, mi silencio, mis rituales, mi desorden  y mi comodidad; de cierta forma, siento que me hago falta a mí misma de la manera en la que sólo puedo ser yo cuando no hay nadie más. No obstante me quedé y pasé toda la mañana llamando al número de un anuncio que parecía maravilloso. Aparentemente era algo así como una esperanza después de que ayer luego de veintitantas llamadas, terminé cansada de escuchar 'ya se rentó' o cantitades estratosféricas acompañadas características que no necesito. De hecho, por eso me iba [y también porque para la gripa que me cargo en estos días necesito mi atmósfera usual], planeaba enfriarme y descansar de la búsqueda, darle tiempo a la semana para que apareciera algo, regresar a mi todavía casa a ponerme un curita. El caso es que salí corriendo en cuanto me respondieron, me dijeron que estaba bien si llegaba como en una hora. El dios del tráfico fue generoso y a pesar de que estaba cargadito, todo fluyó y llegamos antes. Con papeles en mano y dinero también, mi tía y yo estábamos dispuestas a cerrar el trato si no era un cuchitril desvencijándose. Una señora con pinta de ser muy buena persona nos recibió con cara de ooops... resultaba que una fulana había llegado algo así como 10 minutos antes -pensar en que fueron menos me pone peor que con 10- y había decidido quedarse con el departamento, estaba esperando a que su papá le llevara los papeles. Yo estaba a punto de decir, bueno gracias, adiós. Mi tía sin preguntar se metió al departamento y pidió por lo menos verlo. Entramos, lo vimos, lo recorrimos. No nos dijimos nada, pero era un hecho que queríamos usar alguna expresión florida [ella habría dicho algo como ¡¡¡nomamesquépedo!!!, y yo seguro algo como misuerteestádelaverga o yavalióvergatodo].
Era buenísimo para mí. Hasta tenía un patio para mis hijos cactus, mucha luz, mucho espacio, muy mono. Lo único feo era la alfombra y la cocina, pero nada que no se pudiera arreglar -mi tía llegó a decir que ella hasta me hubiera mandado hacer una cocina integral y ya-. Le dijimos a la casera simpática que traíamos todo, ella dijo que lo sentía mucho pero la otra mujer había llegado primero. Cuando la vi bien, me sentí peor. Es una vecina de V, aquella de la que sabía un montón de chismes, aquella que no me dejó dormir mil veces por sus escándalos y fiestas que duraban más de doce horas y terminaban a las 3 de la tarde, aquella que debe rentas desde julio y no le quisieron renovar el contrato. Lo único que no evité decir era que la conocía, ella estaba hablando por teléfono con su papá, la casera me vio con cara chistosa y me dijo ¿sí? Entonces sólo mencioné que se llamaba así, que era diseñadora y que vivía en santa maría la ribera en el mismo edificio que un amigo. Ella respondió con un, sí algo así me dijo. Yo lo único que quería en ese momento era salir corriendo y meter la cabeza en un hoyo. Mi tía seguía haciéndole plática a la casera e insistiéndole. Finalmente, dejamos los papeles y nuestros teléfonos, por si algún problema había con los de la fulanita. La casera simpática hasta nos dio la bendición, me regaló un sentido 'pues suerte mija' [seguro mi jeta era peor que de atropellada] y dijo que no prometía nada, pero que igual si pasaba cualquier cosa nos llamaba.
Salimos del edificio más inciertas que nunca. Dimos más vueltas, caminamos un poco. Nada. Nos subimos al coche y dimos más vueltas por una zona que ya peinamos tres veces en semanas pasadas. En los momentos en los que necesitaba escuchar nada, mi tía los llenó de comentarios que empeoraban mi control lagrimal. Lo peor es que comenzó a meter a dios en esto. Decía que papá dios tenía algo especial para mí y otras cosas que medio dejé de escuchar. Le dije que nos fuéramos ya, antes de que empezara el trafiquero de los que salen a las 3 de trabajar y regresan al norte. Ella seguía diciendo que era lo mejor que habíamos visto, y para que ella dijera eso era realmente sobresaliente porque a todo lo que habíamos visto le encontraba algo malo que adornaba con mil cómoseteocurrequerervivirahí. Y continuaba, que estaba tan perfectamente ubicado, que me habrían quedado tan lindos mis libros en la estancia, que la señora se veía tan buena onda, que seguro habría vivido muy a gusto ahí. En vez de decirle que por qué no mejor me aventaba a las vías del tren, al cabo que ya casi pasábamos por Ferrocarril de Cuernavaca, sólo le decía pues sí. Que si esto que si lo otro, pues sí. En el camino de regreso me ponía límites físicos, cuando entremos a periférico, o cuando lleguemos a echegaray, voy a dejar de pensar en esto y ya, ya aparecerá algo después, pero justo en esos momentos era cuando mi tía volvía a lamentarse en voz alta y hablar de las maravillas de lo perdido. Yo pensaba en que me sentía un poco como Alicia cuando se queda sola en el bosque y no sabe a dónde ir ni qué hacer. Todo parece un poco inconcebible e irónico, ni siquiera me siento enojada o decepcionada. Más bien me queda una sensación enrevesada. Después de todo lo que he visto, de lo que me piden y no tengo, de lo que no quieren ceder, de los lugares inhabitables y carísimos, comienzo a sospechar que los milagros inmobiliarios no existen, pero aún así, préndanme una veladora, ¿no?
Entre tanto todos los días, sin falta, seguiré entonando puntualmente este maravilloso himno 

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