10.6.10

La semana pasada que fui al Auditorio Nacional me dio muchísima nostalgia. Había ido al Lunario, a las oficinas, pero no había entrado al Auditorio. Ante un lleno apabullante de cierto grupo que causa euforia y slam tropical, yo me acordé de que la última vez que había estado ahí fue con Cerati. En noviembre, una noche más que memorable en la que lo vi clarito y cerquitita, un concierto que fue maravilloso y me dejó feliz; que hasta la fecha cuando lo rememoro me sabe muy bien. Ante los gritos desgarrados e injustificados -por lo menos para mí- de las fans entalladas y enmalladas, me preguntaba si acaso aquella noche de otoño había sido la última para Cerati y yo -y obvio los otros miles que estuvieron ese día-. Es curioso que M, quien comparte el gusto ceratiano y no es pesimista, siempre que hablamos del caso dice: lo que queda de Cerati. Y yo que suelo ser pesimista, ante esto pienso que todo al final saldrá bien y quiero creer que cuando se recupere hará el disco de su vida y será aun más grande que Bocanada. Tal vez en el fondo me sé ilusa. Esta es una tristeza realmente extraña.

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