La primera máquina de café de la que tengo recuerdo sigue ahí. El tapiz también es el mismo. Las meseras, me atrevo a decirlo, también. Las mesas, las sillas, los mantelitos. Los platos y vasos son nuevos en cierto sentido -inevitablemente eso siempre se rompe-, pero son del mismo estilo. La malteada de vainilla sigue siendo la mejor del mundo. La comida sabe todavía a deliciosa tarde en el centro, o a desayuno de fin de semana. Es lindo [y algo más] regresar a un lugar entrañable de la infancia por el que parece no ha pasado el tiempo, sólo nosotros...

Comentarios

qué linda máquina de café
G Velázquez dijo…
=)
qué milagro, fantasma!

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