... de percepciones cumpleañeras

Alguna vez fui invitada a una celebración parecida a un cumpleaños en una ciudad que me quedaba cerca de donde estaba por unos días. Llegué desde temprano, como no conocía aquella ilustre ciudad alguna vez visitada por Bolaño, me llevaron al milenario reloj de sol que no funciona, al pequeño centro y a un café donde los expressos dobles y la plática son tan buenos que dan ganas de quedarse ahí por horas. Nos quedamos poco porque el mole, las flautas y las mejores margaritas del mundo esperaban, nos fuimos a la fiesta donde ya había varios invitados. Yo no conocía a casi nadie, pero las personas eran muy agradables y se platicaba fácil. Igual nos burlamos de algún hermano mayor, ahí presente, al que le gustaba lavar el coche escuchando el soundtrack de Top Gun o a Sergio Dalma, eso dio para mucho en lo que las margaritas hacían efecto. Más invitados llegaron y las conversaciones eran dispersas, se centraban en algún lugar de la sala y luego en otro, yo sólo volteaba para todos lados e intentaba seguirlo todo, había muchos personajes peculiares y yo hablaba con quien fuera porque casi todos eran extremadamente desenfadados. Ahí conocí a un amigo del cumpleañero, ni siquiera supe su nombre porque me lo presentaron con un apodo que sonaba a oso panda mexicano, con él platiqué mucho de esto y de lo otro, me contó anécdotas del amigo en común y nos burlamos de ciertas cosas que nadie veía; además, él me rescató varias veces  de conversaciones reincidentes con los múltiples personajes ahí presentes -sin que yo se lo pidiera, aunque seguro yo hacía muchas caras y él se daba cuenta- que en cierto momento se tornaban aburridas, disparatadas, psicópatas, incómodas, somnolientas, raras o fuera de lugar; la que más recuerdo es la de una chica que llegó muy tarde a la fiesta y que por alguna extraña razón terminó contándome sus traumas y experiencias de 3 años en un claustro, donde las monjas, según contaba, eran como nazis. La fiesta terminó, aunque siempre me han reclamado que fue mi culpa por no querer ir a bailar, y tomé el autobús en medio de una madrugada que me sabía a buenas horas y buenas pláticas, no me dormí en el camino pues pensaba en lo bien que la puedes pasar cuando todo es tan natural y sin importar cuánto tiempo tienes de conocer a la gente o cuántas veces en la vida las has visto o si nunca las vas a volver a ver. 
Hoy, después de algunos años, chateando con el festejado de aquél día, por algún comentario trivial terminó diciéndome que también platicaba con el osopandamexicano, que si lo recordaba y tal. Afirmé evocando su aspecto físico, a qué se dedicaba y su actitud ante la vida; al mismo tiempo en otra ventana, él me recordaba a mí así: "sí igual la recuerdo, simpática muchacha... lástima que era acosada por tu amigo el raro".

Comentarios

daviz dijo…
me gustan tus palabras: "sin importar cuánto tiempo tienes de conocer a la gente o cuántas veces en la vida las has visto o si nunca las vas a volver a ver. "

se llama vivir el presente, y lo suscribo como principio!! (que podamos seguirlo siempre o no.. ya es otra cosa)

saludos!

PS no entendi de la historia, quien era el amigo raro.. quizas no tenia importancia
G Velázquez dijo…
eso del presente es un buen principio, sin embargo, creo que seguirlo es un tanto difícil, o tal vez dependa de cada persona, para mí sí que lo es.

lo del amigo raro, sé que no se entiende, la verdad es que la historia del amigo rara es muy buena, medio local, pero es que no se me hace buena onda contarla

saludos, daviz!
Anónimo dijo…
Y el raro, ¿te sigue todavía?
G Velázquez dijo…
bu
es malo hacer preguntas cuyas respuestas tienes

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