15.3.09

La primera vez que regresé a Querétaro luego de haberme ido a vivir a Puebla percibí de forma muy distinta la ciudad en la que había crecido. Aunque no había pasado demasiado tiempo, las cosas me parecían más claras a la distancia, mi perspectiva era diferente, incluso sentía que tenía los ojos más abiertos. De cierta forma, lo que me gustaba mucho, me gustó mucho más, o quizás sólo lo valoré más porque no lo tenía a la mano; me molestaba más lo malo y también me di cuenta de lo fresa que era Querétaro, pero esa es otra historia... Una de las maravillas, es lo verde que es, hay árboles por todas partes, o había. Conforme fui regresando de vacaciones, mis árboles más entrañables desaparecieron, por no decir que fueron despiadada e injustificadamente asesinados. Primero fue el árbol en el que pasamos años trepados, le llamábamos el árbol de la señora Ábrego, porque estaba frente a su casa, pero en realidad siempre fue nuestro, de todos los niños a los que nos gustaba jugar en él, colgarnos como changos, escondernos, brincar desde lo alto o simplemente permanecer en sus ramas, solos o acompañados; la señora Ábrego lo mandó talar porque ya estaba cansada de barrer las hojas que se le caían, nadie hizo nada, nadie se dio cuenta cuando lo cortaron, cuando alguien lo notó era demasiado tarde. Después alguien cortó la jacaranda de la entrada, que era viejísima y grandísima, las flores que se le caían solían ser ingredientes principales para cuando jugábamos a la comidita; nadie supo quién fue, nadie supo nada hasta que el árbol ya no estaba ahí. Al poco tiempo el árbol del 6 comenzó a secarse de un día para otro, en menos de una semana estaba completamente muerto, el que se dio cuenta dijo que había sido rarísimo y que su hermana sospechaba que los del 7 habían envenenado el árbol, o peor aún: habían hecho brujería y el árbol había absorbido la maldición -traen unos líos telenovelescos desde hace un tiempo-; ése daba unas bolitas amarillas con las que también hacíamos comidita, de ahí colgábamos el columpio amarillo redondo que nos gustaba tanto que terminó rompiéndose... El último -hasta ahora- ha sido el enormísimo laurel de la India que está[ba] en Universidad y Corregidora, supuestamente tiene una plaga de hongos que lo ha estado mantando lentamente, dice el gobierno que lo está tratando, dicen que le darán hasta mayo para ver si reaccionó al tratamiento. Era precioso, era lindísimo pasar al atardecer y escuchar el concierto de todos los pajaritos que llegaban a dormir ahí. Siempre que pasaba por ahí en coche me gustaba fijar mi mirada en él hasta que desaparecía de mi vista. Seguro tenía más de cien años. No tengo una foto de antes, sospecho que si me pongo a buscar en las transparencias de mi padre podría encontrar alguna; si no, buscaré una manera de sacar la foto de mi memoria, ahí hay una clara imagen cada vez que cierro los ojos. Una amiga de mi madre me ha dicho, según ella sabe de buena fuente, que en realidad lo mataron para poner un puente peatonal, que todo lo de la enfermedad y el tratamiento fue una faramalla para disimularlo todo. Son tan capaces. Me duele mucho pasar por ahí y verlo así. No sé si después me dolerá más no verlo. Es tan triste. Es, de cierta forma, como si alguien quisiera borrarnos a la fuerza los recuerdos... 

2 comentarios:

el fantasma de García dijo...

¿se puede creer que haya gente que mate árboles, con el pretexto que sea?

intuyo que la diferencia entre una persona y una persona de mierda puede ser esa

G Velázquez dijo...

pues es inevitable creerlo, el probleme está cuando se intenta concebirlo... me gusta tu intuición