Hace unas semanas fui a 'cobrar' mi herencia. Creo que es la única herencia que alguien me ha dejado, y no es que haya aparecido en el testamento o algo así, sólo en la lista de personas beneficiadas con una de las últimas voluntades. Cuando me avisaron que tenía que ir a escoger tres libros de la biblioteca pensé de inmediato que no quería nada, para qué si ni siquiera eran libros que él me había dejado especialmente, pero no ir hubiese implicado descortesía y tal vez después me hubiese sentido mal por no aparecerme. El mensaje que me notificó decía que podía ir el jueves o el sábado en un horario determinado, el jueves no fui porque estaba en el DF, y el sábado cuando me tomaba el segundo café de la mañana y pensaba en ponerme los tenis viejos para llegar caminando, SG me llamó para ver si ya iba o qué, mentí y dije que iba saliendo justo en ese momento, colgué y dejé de pensármelo tanto, llegué en camión. El recibimiento fue extraño, desde el funeral no nos veíamos y la cercana relación que habíamos establecido en el hospital era lejana y se había quedado tal vez en las paredes del aislado 5, además faltaba el tercero de la relación, V, de cualquier forma me nació darle un abrazo que recibió forzado, y procedió a explicarme solemnemente las ‘reglas’ de la repartición: sólo tres, no de colecciones completas ni enciclopedias. Minutos antes que yo la hermana del Profe y su esposo habían llegado, ellos mostraron el mismo gusto que a mí me daba volverlos a ver, y aunque sólo nos conocíamos de varias veces parecía que teníamos años de no vernos, ellos ya tenían su pila de libros –porque la familia podía llevarse más de tres, todos los que quisieran– y vi hasta arriba un par que tenía pensado llevarme si encontraba.  La biblioteca estaba llena de polvo, en menos de un minuto, comencé a estornudar sin cesar. No sabía por dónde empezar, así que me quedé parada hablando de las razones por las que V no había ido a recoger sus libros, lo imité y lo cité, se morían de la risa, fue tan divertido como si él estuviese ahí riéndose con nosotros de él mismo… En el primer librero estaba lleno de Teoría literaria y Lingüística, joyitas legendarias y otros tantos obsoletos, me tentó alguno pero no me atreví a tomarlo, así que seguí con los demás; mis ojos tardaron en adaptarse a tantos títulos juntos y desordenados, pero cuando fui capaz de leer todos los títulos y procesarlos me invadió una sensación extraña: un sinnúmero de recuerdos se presentaron, desordenados fragmentos de conversaciones, alusiones, recomendaciones, ahí estaban todos los libros de los que siempre hablaba, autores, ediciones, colores y tamaños, fue como si hubiese estado hablando con él otra vez, pasando de un tema a otro, escuchando anécdotas detrás de libros, en la mente escuchaba la memoria de su voz y veía sus gestos. No quiero ningún libro, no quiero nada, pensé. Los demás seguían viendo y hablando de si este o el otro, mientras yo seguía recorriendo conversaciones, sintiendo una ausencia que, cuando lo pienso, pesa. No me decidía por nada, tampoco veía nada para V, si para mí iba a ser difícil, elegir para él peor, imaginé que iba a tardar horas en salir de ahí… El decir en voz alta que ver todos esos libros era como volver a hablar con él, me hizo sentir peor, quería llorar pero sabía que no podía darme el lujo de hacer esos dramas, hubiese sido un drama sin fin, uno grande (¿por qué uno siempre quiere llorar en el momento menos adecuado y cuando es adecuado no se puede?), así que me contuve y seguí viendo, segundos después me encontré con el primer elegido The man in the high castle de Philip K. Dick, un libro que siempre decía que me iba a prestar pero luego me advertía que estaba en inglés, después me preguntaba si leía en inglés y cuando le decía que sí me interrogaba sobre los libros que había leído en inglés para entonces terminar prometiéndome que en el siguiente café me llevaba el libro para que lo leyera porque tal vez me iba a servir mucho para la tesis, pero más para disfrutarlo porque sabía que me iba a fascinar; nunca me lo llevó, siempre se le olvidaba, no hay que decir que así pasó con muchos libros y muchas cosas, pero a veces era divertido repetir conversaciones, escuchar los mismos argumentos, responder lo mismo, reírse por dentro y terminar diciendo: ya habíamos hablado de esto, y conmoverse con el jiji aspirado. Cuando veía alguno muy significativo no podía evitar ponerme a hablar de lo que él decía de tal libro, o cuánto le gustaba tal o tal, terminé encontrándoles a los demás un montón de libros recomendables e imprescindibles; y para mí nada más, para V, menos. En todo el tiempo que estuve ahí no dejé de escuchar el resto se donará a la biblioteca de la universidad, por eso sólo pueden ser tres por cabeza, no por mala voluntad, sólo porque el resto será para la universidad, y yo sólo pensaba quién sabe qué biblioteca, quién sabe cuántos valorarán, quién sabe cuántos se van a robar antes, quién sabe cuántos se llenarán de hongos en las cajas arrumbadas, quién sabe cuánto se van a tardar en clasificarlos y demás –en esos momentos me repetía que no quería nada–. Ya casi al final, podría decirse que los libros me encontraron a mí, primero Cortázar, una novela que sabía existía pero nunca había visto físicamente: El examen; y un ladrillo relindo en francés: La littérature en France depuis 1945. Muy ad hoc, tal vez lo que hubiese elegido para mí, no quise pensar demasiado en eso y le eché más la culpa al azar. Nunca encontré a Tomás-Navarro-Tomás, prometido para quelqu’un. Para V elegí La montaña mágica en dos tomos, días antes me había dicho que ése lo quería de regalo de cumpleaños, y por no dejar una novelita de Chandler, ni siquiera sabía si le gustaba o no, daba igual, era su culpa por irse al otro lado del país en vez de ir por sus libros. Terminé de recomendar nostálgicamente otros títulos,  terminé de decir un montón de veces, éste le gustaba mucho a tu papá, es muy bueno, deberías leerlo, terminé de contar cuántas copias o ediciones había de un montón de libros –El túnel, Don Quijote, El manuscrito encontrado en Zaragoza, El Aleph, Rayuela, Sobre héroes y tumbas, etc., etc.– . Cesé de repetirme conversaciones y recuerdos. Me despedí sintiéndome enojada/ insolente/ desdeñada/ insatisfecha/ abandonada/ melancólica. Me fui pensando que una de las peores cosas del mundo es extrañar a un amigo que ya no existe. Regresé caminando a mi casa, tomé la misma ruta del último día que lo vi. 

Comentarios

Anónimo dijo…
He esto recordando a L estos días. Recuerdo cosas como la que apuntas de repetir conversaciones que se habían dado hacía sólo horas. También se me vino a la mente que el profe siempre se presentaba conmigo como si fuera la primera vez que lo viera, cada fiesta, cada coloquio, cada año.
Son sin duda "estas ruinas que sigues viendo"
LF
G Velázquez dijo…
ja, pero sí te ubicaba, o por lo menos fingía que te recordaba, quién sabe, a veces hasta evocaba los comentarios que le hacías o tal -y yo pensaba, claro que es LF-, a veces salías al tema y terminaba diciendo, que qué buen muchacho, y después preguntaba qué era de JP y de Pali y del muchacho con nombre y cara árabe...
samuel dijo…
Muy interesante el post. Estoy pensando qué poner, pero siempre me suena demasiado irrespetuoso. Así que me guardaré mis comentarios. Pero me gustó el post. Saluut
G Velázquez dijo…
no es bueno guardarse comentarios...

salut!

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