Poder felino

La noche del lunes fue maravillosa. El lunes en sí fue extraordinario, pero la noche fue algo distinto. Para estar en primera fila no hubo otra opción más que dos largas horas de espera y de pie, no permitían nada más que especular y especular, emocionarse un poco, no demasiado, escuchar estupideces de la parejita meliflua de junto (que si Cat Power es tan ‘chida’ como Delgadillo, o mejor aún, así como del estilo de Oceransky, que si blá), y seguir esperando. No comenzó puntual, fueron veinte o veinticinco minutos de retraso, cinco minutos más y yo comenzaría a sospechar que eso de diva insufrible no era mito sino una triste realidad… Lo primero que hay que decir es que es hermosa –tal cual lo dijo T cuando la vio y no dejó de notarlo-. Salió enérgica, se le veía contenta de estar ahí, sin que llegara a decir o cantar palabra recibió ovación eufórica, se puso a repartir claveles blancos, a T le tocaba uno pero la chica de junto se lo arrebató, caballerosamente no protestó, se le acabó el ramo, terminó de saludar y después arrancó todo. Cantó y pidió que cantáramos. Inició su coreografía. No dejó de moverse de un lado a otro. Todo el tiempo estuvo pidiendo que le subieran a su micrófono, todo el tiempo se veía un tanto frustrada porque no sabía si era su garganta o el sonido, no se escuchaba e iba de un monitor a otro, no le hacían caso, no le entendían, se escuchaba más el bajo y la batería. Sin embargo, todo eso no importó mucho, porque ella seguía bailando y moviéndose por todas partes, acercándose al filo del escenario para saludar, posar para las fotos, ver a los ojos y cantarle a todos. La deficiencia del sonido no impidió que Chan llenara el espacio con su fuerza y su voz, y es que es tan peculiar su tesitura, pareciera que no hace ningún esfuerzo, no desafina, no se cansa de juguetear, se escucha casi como en los discos, no igual porque se entretiene cambiando algunas letras, su música estalla interiormente más fuerte en vivo. Quedé encantada con sus zapatos, uno tenía agujetas y el otro estaba roto con una cosa extraña que todavía no sé qué es. Canciones ininterrumpidas no dejaban que se perdiera el ritmo intenso de la noche, creo que para cada uno de los que estábamos ahí hubo un clímax distinto, para mí fueron varios, no me lo creía, fue verdaderamente emotivo. Le tomé muchísimas fotos, era difícil porque a pesar de que se la pasó casi todo el tiempo del lado en el que estábamos, sí, justo frente a nosotros, se movía muy rápido; y cuando no se movía tanto y estaba ahí inclinada viéndonos, no podía reaccionar y tomar la cámara, sólo la escuchaba, la observaba, la saboreaba. No cantó la que quería: wild is the wind, seguro porque no tocó ni el piano ni la guitarra, seguro porque es muy ‘viejita’ y tocó pocas viejitas, pero cantó muchas que me gustan, muchas que no dejo de cantar, así que no pude haber muerto esa noche, todavía no, la tendré que ver otra vez y otra vez hasta que la cante. Realmente puedo decir muy poco, traducir a palabras la experiencia –aunque suene a cliché- es complicado. Fue bellísimo, me sentí feliz/satisfecha/exaltada, aunque, todo el tiempo, con un dejo de melancolía –que se prolongó horas después, y el día después, y después del de después, y así hasta quién sabe cuándo (cuando le conté a M, me dijo que ya no volvería a ser lo mismo, tal vez tenga razón, casi siempre tiene razón con esas cosas)-. Intentó hablar en español pero poco se le entendió, por el audio y porque ella misma dijo que no tenía mucha idea, aún así en las últimas canciones de su repertorio incluyó ‘Angelitos Negros’, pensé que sería peor que en el disco, pero en realidad mejoró. Parecía que no le había pasado nada en las cuerdas vocales, cantaba impecable, pero a veces entre canción y canción, tosía, tomaba mucho té, se quejaba un poco con sus músicos, supongo que eso de tener callos en las cuerdas no es para recuperarse en una semana. Afortunadamente repartió flores otra vez, no eran claveles, creo que eran florecitas silvestres, felizmente regresó a darle la suya a T y a mí también me dio una, nos pusimos más contentos, fue el bono de la noche. Estuvo diez minutos dando las gracias, estuvimos diez minutos aplaudiéndole y dándole las gracias también.

Al final nos dejó muertos, ella terminó así, no hubo cabida a peticiones de canciones porque cantó casi todo lo solicitable, además claro que aunque se lo pidieran no lo habría cantado, casi todos se vieron muy decentes (no digo nos vimos porque yo no pido canciones, sólo las espero pero no lo digo) y callaron.Valieron la pena las 4 horas de pie, el cansancio y demás, no importó, se olvidaron todas las manchitas. La mujer, además de preciosa, es encantadora –no sé muy bien de dónde salieron todos esos mitos de que era insoportable y de temer-, sospecho que todos salimos amándola un poco más después de casi dos horas.

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