fobia de generación espontánea

Llegué muy temprano porque no había mucho tráfico, calculé que mínimo haría 25 minutos, hice 15, así que antes de ir a reportarme me puse a explorar la sede. Recordé que hacía varios años, justo cuando llegaba a Puebla, había ido a esos edificios a hacer los exámenes de acreditación de inglés, por más que intenté recordar no pude ubicar en qué salón había sido, cómo había llegado y qué había pasado después, sólo me llegó una especie de flashback en el que yo regresaba a la casa con M, mi vecina en aquél entonces, y que en el camión me presentó al después apodado Légolas, tan amable, tan sonriente, tan misterioso, y yo secretamente encantada... Los organizadores pasaban y me veían jugar con mi gafete en la mano, columpiando los pies mientras escuchaba a todo volumen Entre Ríos, se detenían un poco para ver si quería preguntarles algo porque tal vez tenía cara de perdida o algo así, pero no, yo ya había visto dónde tenía que reportarme para que me dieran las listas, plumón y borrador, sólo que no quería entrar a estar sentada 10 minutos respondiéndole a alguien que me quisiera hacer una plática más forzada que nada, y ya me sé de memoria [que si es tu primer año dando clase, que no, que dónde has estado los años anteriores, que qué padre que te tocó en sede foránea, que qué tal los chicos, que si es muy difícil, que qué estudié, que porqué estudié eso que estudié, que si estoy casada, que no aah pues entonces que seguro sí tengo novio, que no que qué raro que no, que porqué, que si quiero tener hijos, que si doy clases en otro lado, que entonces a qué me quiero dedicar, que dónde vivo, que seguro no soy de Puebla porque no se me nota, que con quién vivo, que cómo que sola, que si no me da miedo, que si qué cosas]. Entonces al cuarto para la hora me presenté para que me dijeran dónde era y me dieran todo lo que necesitaba. Me mandaron a un edificio lejísimos en el último piso, cuando llegué una paloma estaba intentando entrar por la ventana, pero resultó ser muy torpe y no pudo, así que me apuré a cerrar la ventana y prender ventiladores. Ordené lo que necesitaba en el escritorio. Hice notas, que no había hecho antes porque siempre es la misma cantaleta, sólo para que la memoria no me traicionara a la hora de dar la famosa introducción. Saqué mi termo lleno de café, y en lo que esperaba me bebí dos tacitas. Seguro eso fue un error. Cuando llegaron los chicos, tarde, yo ya estaba muriéndome de calor y con ganas de acostarme en el piso frío. Ya sabía que serían alrededor de cincuenta, pero comencé a observar cómo entraban al salón, en el que desde mi perspectiva difícilmente cabrían, uno tras otro pareciendo que nunca iban a dejar de llegar y llenar el salón vacío. Creo que ahí fue cuando comenzó la fobia. Blablablá, voy a pasar lista, las manos me temblaban y los puntitos que intentaba marcar eran violentos, quería hablar fuerte pero la voz se me quebraba un poco desde dentro, tomé agua, seguí enunciando nombres rimbombantes y extraños, ahora sentía que la garganta se me cerraba, más agua, más temblor en las manos, y entonces pensaba qué me está pasando, escalofrío, más nombres, hasta que terminé en el cincuentaiuno. Éste es el tercer año que hago lo mismo, que debo decir lo mismo, que son las mismas respuestas, los mismos errores, los mismos errores, y yo angustiada, como pude di la introducción lo más rápido que pude para que ellos comenzaran con los ejercicios y yo me saliera al pasillo a ver si no lo que me faltaba era aire fresco. Le envié un mensaje a L contándole, me respondió que me ‘había agorafobizado’, entonces regresé a revisar el primer ejercicio y dar respuestas, fue cuando además sentí pánico escénico, sentía cien ojos sobre mí y todo lo que estaba diciendo, volteé a ver a alguien que estaba adelante y me observaba detenidamente y sin ver su libreta apuntaba lo que yo decía, fue cuando hablaba de modos verbales y se me olvidó cómo se llamaba el indicativo, nadie sabía, el que más se acercó a lo que estaba hablando me dijo ‘imperativo’, yo seguí diciéndoles las demás respuestas mientras pensaba frenéticamente: subjuntivo, imperativo, i…, al final del ejercicio me llegó el infinitivo a la lengua, volvieron a verme con seguridad, yo decidí no verlos directamente a los ojos como suelo hacer cuando le pregunto algo a alguien. El segundo grupo volvió a llegar tarde, intenté no pensar en lo que me había pasado y cerraba los ojos más segundos de lo normal mientras hablaba y les explicaba, las palabras que debía repetir me llegaban a la memoria y salían de mi boca sin que me diera cuenta cómo, sospecho que no notaron que seguí sintiendo pánico y cosas extrañas, algunos se quedaron después a platicar conmigo de cualquier cosa. Ya era la hora de la comida y debía regresar al lugar donde hay pláticas horribles y suponía que no habría nadie bien conocido con quién hablar un rato, así fue, había conocidos, un par, uno acaparaba la conversación hablando de él mismo y de su ‘maravillosa maestría’, repetía frases que seguro sus maestros decían, desdeñaba a personas que eran justo como él había sido, habló mal del collhi, de Chomsky (como si algún día lo hubiera entendido), de Saussure (que, por supuesto, malpronunció), crucificó a los maestros y reprochó todo lo que no le habían enseñado y ahora en la maestría había ‘aprendido’. Yo sólo pensaba que si no sabía todas esas cosas era porque nunca se había tomado la molestia de leer ni tantito. Lo escuchaba, pero sin voltear, masticaba una cosa extraña que me habían puesto enfrente, y me daba risa interna, decía tantas estupideces que me daban ganas de voltear y decirle que el grado académico nunca iba a esconder su verdadera discapacidad y eso de andar tan pretenciosito le quedaba mal (por más que intenté en recordar el apodo por el que todos lo conocían, sólo recordé que D y yo le decíamos ‘El ojitos’). Salí de ahí antes de que se me saliera la carcajada en su cara. Las tres horas que siguieron transcurrieron sin pánico tangible, sólo de vez en vez pensaba qué me pasó, por qué me pasó esto si ya lo había hecho tantas veces, si me sé las respuestas y los argumentos mejor que el himno nacional, por qué, por qué… me lo sigo preguntando…

Comentarios

LSz. dijo…
EL pánico es permanente. Yo por lo menos no lo puedo evitar. Te comprendo. Pero sí. Hay días en que parece que nunca se había sentido lo que se siente y eso se siente fuera de control. Saludos.
G Velázquez dijo…
No sé, pero fue muy feo... Espero que no me vuelva a dar pronto... Sospecho que es poco probable que no me dé...

saludotes

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