¿Qué va a ser de los filatélicos, destinatarios y remitentes?

Hoy fui al correo a dejar dos cartas. Pesaron los sobres y me dijeron que eran 33.50, para variar no tenían cambio, siempre que voy es lo mismo –porque siempre voy a principios de quincena y pago con un billete de 100 ó 200 pesos (según se le pegue la gana al cajero), porque si no nunca mando lo que tengo pendiente–. La seño de los timbres con su jetota me preguntó 45 veces –en menos de 2 minutos, imagínense– si no tenía cambio, a lo que respondí 44 veces que no, que sólo tenía 11.50 en monedas, y a la 45ª vez le dije que me diera mi billete porque iba al oxxo a comprar algo para tener los benditos 33.50 –es su obligación tener cambio, tan cerca que les quedan todos los bancos–. Más alterada que al principio me dijo que no y me arrebató el billete y las cartas que yo ya tenía en la mano, dijo que ella lo iba a cambiar; cuando reflexionaba el porqué de su súbita amabilidad –jo–, regresó y me dijo que mientras pegara los timbres, fue ahí comenzó mi asombro, pues lo que me dio no eran timbres, sino etiquetas mal impresas y espantosas, con la fecha, mi código postal, el porte y un montón de numeritos agrupados en recuadros, y mi segundo pasmo vino cuando me deslumbró la lógica de la burócrata al decirme que pusiera el que decía España en la carta que iba a España y el que decía Suiza en lo que iba para Suiza –brillante deducción a la que yo misma no hubiera podido llegar–… Despegué las etiquetitas atroces y las pegué cuidando que no quedaran muy chuecas. La mujer regresó a los 10 minutos con mi cambio –pues su compañera sí tenía cambio y también mucho chisme interesante qué contar– y me cuestionó el porqué no había echado las cartas al buzón, sin esperar mi respuesta me entregó el vuelto. Yo seguía pensando en los timbres, en el sabor tan peculiar que te dejan cuando los ensalivas, en que ese sabor puede durar horas en tu boca recordándote que acabas de mandar algo, que alguien lejano va a recibirlo en una, dos o tres semanas, tal vez lo tome por sorpresa, y quizá le va a dar gusto, alguien va a recibir noticias tuyas y leerá tus letras en algún momento en el que al mismo tiempo tú has olvidado que enviaste una carta y mientras estás pensando en qué vas a hacer de comer o qué vas a decidir sobre este o tal asunto, piensas en que buscaste un sobre, que te esforzaste por hacer letra bonita, que recolectaste cosas para enviar, que estuviste buscando un libro para mandarlo y que aliviará la nostalgia de casa que tiene alguno, te detienes a imaginar si lo va a tomar por sorpresa o no, en qué horrible será si tu envío se pierde en alguna parte, ¿quién abrirá eso que se va al lugar de las cosas perdidas? Y qué decir de la alegría efímera de obtener tiempo después un acuse de recibo, aunque sólo sea un corto y seco: recibí lo que enviaste.... Me quedé viendo fíjamente a la mujer y le pregunté si ya no iba a haber más estampillas, desalmada arrojó un ‘no’ terminante. Qué triste. Ya no va a ser lo mismo.

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