Anoche, después de un largo autoconvencimiento de que la migraña que me acosaba desde la tarde era psicológica, pues yo era más fuerte que ella, logré concentrarme y comencé a escribir cosas más o menos decentes para mi trabajo -ese que está más atrasado que nada-, releía y tal -estaba como de foto, que, por obvias razones, entraría en una onda Aunque usted no lo crea-, y justo en el momento en el que repensaba una idea no taan mala, ¡zaz!, explotó el foco de mi lámpara, dejándome sorda del oído derecho -el que no estaba tan dañado-, tan asustada que grité una palabrota que no repetiré -y que después me dio mucha risa porque qué onda con mi proyección, jo-. Lo más curioso es que cuando prendí la luz del cuarto, me di cuenta de que parte del foco había quedado justo enfrente de mi cuaderno, nunca me había tocado que se desprendiera completamente el bulbo y saliera intacto, siempre salían pedacitos volando por todos lados... No me quedó más que sentarme en mi cama, a oscuras, a pensar, qué demonios intentaba decirme el foco.

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