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Soñé que soñaba contigo.
En el sueño del sueño sentía intensamente todo, era muy real; acabábamos de tomar café, me decías, según tú, por enésima vez que no importaba que pidiera café de Chiapas, pues siempre servían el mismo, yo, por enésima vez, te contestaba que sí importaba, pues sino no tendría sentido que en la carta pusieran que podías escoger entre granos de Oaxaca, Chiapas o Veracruz; el día estaba delicioso, con muchas nubes gordas y blanquísimas, estábamos en las calles verdes y llenas de casas grandes y viejas, aquellas que solemos recorrer de vez en vez, quién sabe cómo pero unas cuadras después llegábamos hasta la avenida que nos lleva al lugar que tomamos como nuestro, estando ahí podía percibirlo todo más que real, disfrutaba cada segundo como en cámara lenta, aunque en el sueño sabía que estaba soñado. No quería despertar. Quería seguir sintiéndolo, guardándolo, escuchándolo, viéndolo, respirándolo, oliéndolo, fragmentándolo, uniéndolo, repitiéndolo y pensándolo todo detalladamente. Sin poder evitarlo, en el sueño desperté del otro sueño. No tardé mucho en vestirme y salir a la calle llena de edificios grises y enormes. Estaba en una ciudad que fuera del sueño no conozco, pero oníricamente dominaba. Traía un taza térmica roja en la mano, con pasos cortos y rápidos buscaba, desesperadamente, un teléfono para contarte lo que había soñado. Comenzó a llover y justo en ese momento encontré una cabina telefónica, era como de película antigua. Te llamaba. Tardaban en comunicarme contigo, no me importó esperar porque por tres monedas doradas podría hablar contigo todo el tiempo que quisiera. Decías varias veces un momento, y sólo escuchaba tu voz dándole explicaciones a un hombre que decía que estaba bien. Lo primero que te dije después de saludarnos fue que, antes de que se me olvidara, seguía pensando en Penélope y en todo lo que había leído al respecto; luego me preguntaste porqué te había llamado tan temprano, te contesté que originalmente había bajado con la vieja de la esquina a que me abriera dos docenas de ostras, pero como en realidad no me gustaban para nada las ostras, mejor había decidido llamarte, te reíste mucho, yo cerraba los ojos y por segundos evocaba tu rosto riendo, a la vez me sonreía, y cuando abría los ojos descubría a un viejo que me observaba desde un ventanal que estaba justo enfrente de la cabina, parecía atento de mis movimientos, al sentirme tan expuesta me sentí un poco ridícula... Después comenzabas a hablarme de muchas cosas, de lo bien que iban tus proyectos, de los resultados, de publicaciones, de un montón de cosas que te habían pasado, yo sólo te escuchaba mientras veía cómo iban resbalándose las gotas en la cabina, a veces enfocaba al viejo que seguía ahí, mirándome, o mirando la calle o la nada, no podía estar segura, había muchas gotas de por medio... Cuando terminabas no pude decir más que te lo dije, te dije que te iría muy bien con todo esto. Preguntabas si yo tenía novedades, había algunas que resumí en pocas palabras, cuando estaba a punto de referirme a mi sueño, una voz te interrumpía, le respondías molesto diciendo que estabas ocupado, pero la voz insistía en la urgencia de tu presencia. Me adelanté a ti y comencé a despedirme, entiendo que estás ocupado, yo también debo de irme, tengo muchas cosas que hacer, espero verte pronto, tengo unos libros para ti que están guardados en mi buró desde hace tiempo, a pesar de tu apuro, curioso, querías saber los títulos, yo sólo decía que mejor aguardaras la sorpresa. Colgamos. Salí de la cabina y me dirigí directo al lugar del ventanal, donde estaba el viejo, me sentaba en una mesa que estaba junto a él, ahora él estaba viéndo a los comensales de adentro. Antes de que pudiera atreverme a hablar con él, se convertía en una joven morena de ojos azules. Pasmada, me daba cuenta de que estaba soñando, me sorprendía recordar tan bien el sueño que había tenido, la conversación tan real, no podía aceptar que estaba soñando, la lluvia me había mojado el cabello, mis zapatos estaban húmedos, no era posible. Inexplicablemente obsesionada me decía a mí misma que tenía que salir a llamarte, decirte que había soñado contigo, no debía despertar sin antes contártelo todo, aprovechar y, de paso, decírte todo lo que no te digo cuando estoy despierta. Salí corriendo hacia la cabina telefónica, y al cruzar la calle, sentí que un coche avanzaba diréctamente hacia mí. Desperté sobresaltada dando un suspiro contenido. Miré a mi alrededor para percaterme de no estar en otro sueño, cuando me aseguré de estar en la 'realidad', empecé a rememorar el sueño para no olvidarlo, me di cuenta complacida de lo lúcido que estaba todo, me lo repetí varias veces en voz alta, lo recontruí detalladamente una y otra vez, tan sólo para escribirte y contarte que soñé que soñaba contigo.

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