28.5.14

apunte fúnebre olvidado


Una vez más, la muerte me convence de que siempre llegará de improviso y causará efectos impredecibles. Aunque sea una de las pocas certezas, haya enfermedad, edad avanzada, cero esperanzas, o todo lo contrario. La semana pasada me lo dejó claro. Un hermano de mi padre murió en Morelia, quien -hasta ese día me enteré- tuvo mucho que ver con las circunstancias que después harían que yo naciera. 
Acabábamos de verlo el mes pasado en la reunión de todos los Velázquez que se pudieron juntar. En ese momento fue memorable, ahora se vuelve más significativo. Justo aquel sábado cuando todos estaban muy contentos poniéndose al día y reconociéndose, yo intentaba fijar la fecha exacta en la que habíamos estado todas esas personas en un mismo lugar: fue en el funeral de la hermana mayor; después de ese día quedó muy claro que ella era esencial, a partir de entonces muchas cosas se fragmentaron. Mientras los observaba me llegaban recuerdos de la infancia, fue extraño porque todos fueron parte del tiempo en el que comencé a ser. Tan cercanos, ahora tan ajenos. También supe que aquella parte de mí se encontraba ausente. Y justo así me sentí el miércoles, pero multiplicado por tres. 
En los velorios uno se pone a pensar cosas que no vienen al caso o son totalmente inadecuadas, pero también cosas que podrían ser importantes. Y todo se vuelve tan vulnerable, se llora por uno mismo. Yo no lloré pero pensé mucho. Ese día me pareció que todos rezaban frenéticamente para no escuchar lo que pensaban. No pude dejar de evocar la cortazariana 'conducta en los velorios' y menos pude dejar de notar las particularidades de éste. Le tomaban foto a todo y a todos -sí, también al difunto-, tomaron video de las misas, y de los que hablaron recordándolo; todavía me pregunto el porqué y el para qué, no comprendo la necesidad de recordar tan fotográficamente esos momentos. No tiene caso porque esos en realidad siempre se quedan grabados en la memoria y si uno quiere sólo cierra los ojos y todo llega de golpe.

febrero, 2010